Se sentó en el medio de la acera, con los ojos aún llenos de lágrimas, hurgo entre su cartera y saco un cigarrillo y con el encendedor de Paris lo prendió lentamente. No quiero crecer, se repetía ella una y otra vez, no quería dejar de fumar, no quería dejar de escaparse con él cuando se sintiera sola, de poder besarlo y tocarlo donde sea, no quería ser otra de sus amigas aburridas que usaban esos atuendos de universitarias, ella quería vestirse con sus medias pantis rotas, usar sus botas viejas, los lentes de pasta, leer Neruda en el metro, fumar mientras caminaba por las nubladas calles de Londres, quería ser joven por siempre, escuchar a Bob Dylan a todo volumen, quería fotografiar a los extraños que veía en el metro, quería poder estar con él por siempre.
Aún estaba en tiempo, aún podía volver a su apartamento, decirle que lo amaba, que no lo dejaría, que se quedaría con él en Londres hasta que se aburrieran del uno al otro, que mandaría a su madre a la mierda le diría que no quería ir a París a estudiar, que quería quedarse con él, cantar Bob Dylan a todo pulmón junto a él, besarlo en el metro, sentir su cuerpo desnudo en las noches, recitarle poemas al oído por las mañanas, capturarlo a través de su lente, pelear con él en el medio de la calle, escaparse en su carro a Bristol y no regresar nunca jamás.
Pero se arrepentiría, no podía volver –por mucho que lo amara–, no podía decirle a su madre que se fuera a la mierda, no podía quedarse en Londres y nunca estudiar. Debía empacar, olvidarse de él, dejar de fumar por las calles de su ciudad de Londres, empezar a leer libros de arquitectura, dejar de fotografiar a extraños y empezar a fotografiar a conocidos. Ella debía irse de allí, debía aprender a ser una adulta y no una adolescente, a ser una mujer de 19 años, debía encontrarse otro hombre, que hablara francés, que tuviera un trabajo, que le ofreciera una relación normal.
Pero ella no quería nada normal, quería todo diferente, ella siempre ha sido diferente. Cogía su bolso y sus cosas, y prendió su cigarrillo, se montó en el metro, saco su libro de Neruda, prendió su Ipod y dejo que Bob Dylan inundara sus oídos con sus melodías, en su camino a su apartamento, fotografío a extraños, dejo que sus botas viejas se llenaran del agua vieja de un charco. Subió las escaleras del viejo edificio, llego a su puerta y mientras tocaba el timbre entendió que de nada valía hacer lo que su madre quería, de nada valía vivir en París, de nada valía ser un adulta… Si no era con él y si ella no sería feliz.
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