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miércoles, 2 de noviembre de 2011
martes, 13 de septiembre de 2011
Joven por siempre
Se sentó en el medio de la acera, con los ojos aún llenos de lágrimas, hurgo entre su cartera y saco un cigarrillo y con el encendedor de Paris lo prendió lentamente. No quiero crecer, se repetía ella una y otra vez, no quería dejar de fumar, no quería dejar de escaparse con él cuando se sintiera sola, de poder besarlo y tocarlo donde sea, no quería ser otra de sus amigas aburridas que usaban esos atuendos de universitarias, ella quería vestirse con sus medias pantis rotas, usar sus botas viejas, los lentes de pasta, leer Neruda en el metro, fumar mientras caminaba por las nubladas calles de Londres, quería ser joven por siempre, escuchar a Bob Dylan a todo volumen, quería fotografiar a los extraños que veía en el metro, quería poder estar con él por siempre.
Aún estaba en tiempo, aún podía volver a su apartamento, decirle que lo amaba, que no lo dejaría, que se quedaría con él en Londres hasta que se aburrieran del uno al otro, que mandaría a su madre a la mierda le diría que no quería ir a París a estudiar, que quería quedarse con él, cantar Bob Dylan a todo pulmón junto a él, besarlo en el metro, sentir su cuerpo desnudo en las noches, recitarle poemas al oído por las mañanas, capturarlo a través de su lente, pelear con él en el medio de la calle, escaparse en su carro a Bristol y no regresar nunca jamás.
Pero se arrepentiría, no podía volver –por mucho que lo amara–, no podía decirle a su madre que se fuera a la mierda, no podía quedarse en Londres y nunca estudiar. Debía empacar, olvidarse de él, dejar de fumar por las calles de su ciudad de Londres, empezar a leer libros de arquitectura, dejar de fotografiar a extraños y empezar a fotografiar a conocidos. Ella debía irse de allí, debía aprender a ser una adulta y no una adolescente, a ser una mujer de 19 años, debía encontrarse otro hombre, que hablara francés, que tuviera un trabajo, que le ofreciera una relación normal.
Pero ella no quería nada normal, quería todo diferente, ella siempre ha sido diferente. Cogía su bolso y sus cosas, y prendió su cigarrillo, se montó en el metro, saco su libro de Neruda, prendió su Ipod y dejo que Bob Dylan inundara sus oídos con sus melodías, en su camino a su apartamento, fotografío a extraños, dejo que sus botas viejas se llenaran del agua vieja de un charco. Subió las escaleras del viejo edificio, llego a su puerta y mientras tocaba el timbre entendió que de nada valía hacer lo que su madre quería, de nada valía vivir en París, de nada valía ser un adulta… Si no era con él y si ella no sería feliz.
martes, 21 de junio de 2011
domingo, 29 de mayo de 2011
El cuarto oscuro.
El aire estaba cósmico, las estrellas los observaban a ambos. Ella tomo, la foto y la coloco junto al resto. Una fotografía de el sonriendo los asechaba desde la pared. Sus miradas coincidieron de nuevo, como siempre lo hacían. Ella siguió trabajando en lo suyo mientras el le observaba. Una mirada, una fotografía, un roce y una palabra.
- Extraño ¿no crees?-susurro ella, mientras le extendía una foto del atardecer en Sena que había quedado sobrepuesta, era una lastima-.
Sus mentes volvieron a ese atardecer, donde ambos seguían el mover de las olas y cantaban junto a las gaviotas. Parecía tan solo ayer, cuando sus labios se conocieron por primera vez en ese atardecer. Ella nunca olvidara como se enamoro de un joven tan despreocupado, atento, hermoso e inteligente como el. Y el por otra parte no lograba comprender lo mucho que la quería a ella, una joven tan soñadora, diferente, bella y tierna. Ambos se perdieron en las luces rojas de ese cuarto oscuro. De nuevo volvieron los sentimientos que consigo los llevaban perdidamente enamorados desde ese viaje a Sena.
- ¿Ves esa linea entre el horizonte y como es ta difícil distinguirla con el cielo?
- Sí.
- Es porque nunca acaba, como lo que yo siento por ti.
- ¿Tú sientes algo por mí?- pregunto ella, tan apenada y aliviada a qué el también la quisiera-.
- Mucho más que algo, y creo que tu también.
Debajo de el sol que empezaba a decender por el gran azul y gigante océano, el tomo su mano y se sintieron más juntos que nunca. Las memorias de sus encuentros anteriores pasaron por sus mentes, tomados de la mano se acercaron cada vez más, unidos por una pasión más fuerte que las olas del mar, el recorrió su mano por su pecho, pasando por su cuello y llegando a su cabeza. Ella acerco su cara a la suya y sus labios se saludaron y sus lenguas jugaron como dos niños pequeños.
Ambos volvieron al cuarto oscuro, que los rodeaba millones de fotografías, de ellos, de ella, de el y del atardecer.
- Extraño ¿no crees?-susurro ella, mientras le extendía una foto del atardecer en Sena que había quedado sobrepuesta, era una lastima-.
Sus mentes volvieron a ese atardecer, donde ambos seguían el mover de las olas y cantaban junto a las gaviotas. Parecía tan solo ayer, cuando sus labios se conocieron por primera vez en ese atardecer. Ella nunca olvidara como se enamoro de un joven tan despreocupado, atento, hermoso e inteligente como el. Y el por otra parte no lograba comprender lo mucho que la quería a ella, una joven tan soñadora, diferente, bella y tierna. Ambos se perdieron en las luces rojas de ese cuarto oscuro. De nuevo volvieron los sentimientos que consigo los llevaban perdidamente enamorados desde ese viaje a Sena.
- ¿Ves esa linea entre el horizonte y como es ta difícil distinguirla con el cielo?
- Sí.
- Es porque nunca acaba, como lo que yo siento por ti.
- ¿Tú sientes algo por mí?- pregunto ella, tan apenada y aliviada a qué el también la quisiera-.
- Mucho más que algo, y creo que tu también.
Debajo de el sol que empezaba a decender por el gran azul y gigante océano, el tomo su mano y se sintieron más juntos que nunca. Las memorias de sus encuentros anteriores pasaron por sus mentes, tomados de la mano se acercaron cada vez más, unidos por una pasión más fuerte que las olas del mar, el recorrió su mano por su pecho, pasando por su cuello y llegando a su cabeza. Ella acerco su cara a la suya y sus labios se saludaron y sus lenguas jugaron como dos niños pequeños.
Ambos volvieron al cuarto oscuro, que los rodeaba millones de fotografías, de ellos, de ella, de el y del atardecer.
sábado, 21 de mayo de 2011
El extraño.
Soy un fantasma nada más que eso, una alma apenada que cruzo su camino, él no se fijara, nunca lo haría ¿Por qué yo debía preocuparme? Uní mis piernas y me acerqué al estante de la derecha, pretendía buscar algún libro mientras le miraba de reojo. Podría pasar horas observándole. Pues eso hacía todos los días, me sentaba en esa grande y vieja biblioteca a esperarle, a observarle, a admirarle, a enamorarme...
Es estúpido, muy estúpido.
Él nunca me notara, mejor tomo un libro y me marcho, pretendo como si nada paso. Como siempre, y vuelvo a la casa a leer cualquier estúpido libro que me quite su imagen de mi cabeza. Pero hoy él estaba tan diferente, tan radiante y tan hermoso. ¿Me notaría? Le mire por un buen rato, lo estudié con mis ojos. Quise probar sus labios y comerlos lentamente.
Y entonces cuando menos lo esperaba, él voltio hacía mí. Nuestras pupilas coincidieron por primera vez y no pude evitar sonreír. Por él.
Mire para otro lado, me había delatado, había presenciado su hermoso rostro al desnudo. Y el él mio.
Cogí el primer libro que tenía en frente. Me devolví a la mesa, para observarle desde allí de nuevo, escondida detrás de mi propia sombra.
Como siempre.
Me senté y prendí mi cigarrillo, tímida de nuevo, espere a que él retomara su lectura y yo pretendiera empezar la mía, para observarle. Pero él se paro de su asiento y me miro de nuevo, con su mirada azul y penetrante. Se acerco a mí. De seguro iba en busca de otro libro.
Pero no, se sentó a mí lado.
Me había derretido tal vez, convertido en polvo y mortalmente perdida en su tan dulce y lujuriosa mirada.
¿Qué buscaban esos ojos de mi? ¿Amor? ¿ Interés?
- Te he visto antes por aquí-confeso él.-¿Qué lees?
- Tu... -aún tragando sus palabras, no sabía que responder, pensé que nunca se había fijado, nunca lo había hecho..-¿Tú me has visto?
-Pues claro, y tú también de seguro-dijo él, mientras me dejaba a ver su grande y dulce sonrisa, jure que era un sueño, uno muy bueno para ser realidad-... Veo que me observas mucho ¿Por qué nunca te has acercado?
- El miedo.
- Guardas el miedo y te escondes detrás de esos libros, detrás de los estantes, de tus miradas tan ocultas y secretas, pero si lo noto. Vengo aquí todas las tardes a esperar a que me observes, a que te ocultes detrás de tu sombra. Vengo todos los días con la esperanza de que por fin, te acercaras a mí y me dirás lo mucho que me piensas, porque se que lo haces, porque yo también lo hago. Pero detrás de tus miradas se que escondes algo, y nunca me dejas descubrir qué es.
No podía creerlo aún. No sabía que responder, no sabía como actuar, ni mucho menos que decir. Siempre había estado en mis narices, pero mi timidez no me lo había permitido ver.
Él se acerco a mí lentamente, dejando caer el cigarrillo de mi mano y cerrando el libro con rapidez, lo mire de nuevo, observe sus grandes y penetrantes ojos azul mar por última vez. Deslizo su mano derecha por lo largo de mi cabello, dejando caer sus labios sobre los míos.
Y allí estaba yo, en una tarde como otra, siendo besada por un totalmente extraño.
Es estúpido, muy estúpido.
Él nunca me notara, mejor tomo un libro y me marcho, pretendo como si nada paso. Como siempre, y vuelvo a la casa a leer cualquier estúpido libro que me quite su imagen de mi cabeza. Pero hoy él estaba tan diferente, tan radiante y tan hermoso. ¿Me notaría? Le mire por un buen rato, lo estudié con mis ojos. Quise probar sus labios y comerlos lentamente.
Y entonces cuando menos lo esperaba, él voltio hacía mí. Nuestras pupilas coincidieron por primera vez y no pude evitar sonreír. Por él.
Mire para otro lado, me había delatado, había presenciado su hermoso rostro al desnudo. Y el él mio.
Cogí el primer libro que tenía en frente. Me devolví a la mesa, para observarle desde allí de nuevo, escondida detrás de mi propia sombra.
Como siempre.
Me senté y prendí mi cigarrillo, tímida de nuevo, espere a que él retomara su lectura y yo pretendiera empezar la mía, para observarle. Pero él se paro de su asiento y me miro de nuevo, con su mirada azul y penetrante. Se acerco a mí. De seguro iba en busca de otro libro.
Pero no, se sentó a mí lado.
Me había derretido tal vez, convertido en polvo y mortalmente perdida en su tan dulce y lujuriosa mirada.
¿Qué buscaban esos ojos de mi? ¿Amor? ¿ Interés?
- Te he visto antes por aquí-confeso él.-¿Qué lees?
- Tu... -aún tragando sus palabras, no sabía que responder, pensé que nunca se había fijado, nunca lo había hecho..-¿Tú me has visto?
-Pues claro, y tú también de seguro-dijo él, mientras me dejaba a ver su grande y dulce sonrisa, jure que era un sueño, uno muy bueno para ser realidad-... Veo que me observas mucho ¿Por qué nunca te has acercado?
- El miedo.
- Guardas el miedo y te escondes detrás de esos libros, detrás de los estantes, de tus miradas tan ocultas y secretas, pero si lo noto. Vengo aquí todas las tardes a esperar a que me observes, a que te ocultes detrás de tu sombra. Vengo todos los días con la esperanza de que por fin, te acercaras a mí y me dirás lo mucho que me piensas, porque se que lo haces, porque yo también lo hago. Pero detrás de tus miradas se que escondes algo, y nunca me dejas descubrir qué es.
No podía creerlo aún. No sabía que responder, no sabía como actuar, ni mucho menos que decir. Siempre había estado en mis narices, pero mi timidez no me lo había permitido ver.
Él se acerco a mí lentamente, dejando caer el cigarrillo de mi mano y cerrando el libro con rapidez, lo mire de nuevo, observe sus grandes y penetrantes ojos azul mar por última vez. Deslizo su mano derecha por lo largo de mi cabello, dejando caer sus labios sobre los míos.
Y allí estaba yo, en una tarde como otra, siendo besada por un totalmente extraño.
lunes, 9 de mayo de 2011
Aún sueño contigo.
Era su esencia qué aún seguía marcada en mi silueta, sus besos aún estaban marcados en mi espalda, en mis labios, su olor volaba por la habitación como un pequeño colibrí madrugador. Era él, siempre lo había sido.¿Por qué le deje ir? ¿Por qué permití que el miedo y el dolor se aferraran de mi?
Era media noche, todo estaba tan callado. Ya no es escuchaba tu voz en vivo, solo viejas grabaciones retinaban por las paredes de mi memoria y de mi corazón.
Tal vez su rostro nunca aparecería por mis ojos de nuevo. Tal vez mi corazón nunca latiría por él nunca más.
¿Entonces qué quedaba para mí? ¿Soledad? ¿Melancolía por el resto de mis días?
Confusión y mas confusión pasaron detrás de mí. Entonces lo comprendí todo, mi vida no tenía sentido sin él, por más que me doliera enfrentarlo, él es mi realidad.
La alarma sonó. Y allí estaba él admirándome, como todas las mañanas de mi vida.
jueves, 31 de marzo de 2011
Roble.
En su estudio el dejo la taza de café sobre la mesa, se sentó en el sillón de tela amarilla, era su preferido,que daba la vista a el grande roble de el jardín de la casa, sus dedos se tornaron rojos del calor de la taza y suavemente tomaron la novela por su portada y el emprendió la lectura. Era otra novela para pasar el tiempo, se la había regalado un amigo de la compañía. La escena empezaba en un lago, donde una mujer de mediana edad se encontraba acostada debajo de un frondoso y verde árbol. Llena de calor, por la estación en la que se encontraban el presencio como dejaba su camisa caer por el viento. Cuando el sol se escondió detrás de las montañas grandes y oscuras. Llego el amante con su fuerte físico. El presencio su encuentro en la cabaña, llevados por la lujuria y lo que podría llamarse adicción emprendieron un encuentro romántico.
Los amantes planeaban algo, que corría por los chorriantes y largos diálogos. Sus respiros se acercaban al final de algo tan hermoso, tenían días planeando este encuentro. Sus corazones no esperaban con ansias Finalmente terminaremos con esto pensó el amante. Siguiendo las instrucciones al pie de la letra, como habían acordado, ella dejo la cabaña mientras corría por el camino de tierra. En sus manos, el amante cargaba el puñal, que escondió detrás de su chaqueta. Salió por la puerta trasera, recordando sus instrucciones, paso por el roble grande y cruzo a la izquierda. La puerta estaba abierta, tratando de no causar mucho ruido, entró rápidamente.
Como ella le había dicho, era una sala grande decorada al estilo Bizantino. Subió las escaleras, en la primera habitación no había nadie, tampoco en la segunda ni en la tercera. Mágicamente el amante se percato de que había una puerta mas. El amante con su puñal al descubierto se acerco y abrió la puerta lentamente.
Allí el estudio, la taza de café sobre la mesa, el sillón preferido de tela amarilla y el hombre sentado leyendo la novela.
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