jueves, 31 de marzo de 2011

Roble.

En su estudio el dejo la taza de café sobre la mesa, se sentó en el sillón de tela amarilla, era su preferido,que daba la vista a el grande roble de el jardín de la casa, sus dedos se tornaron rojos del calor de la taza y suavemente tomaron la novela por su portada y el emprendió la lectura. Era otra novela para pasar el tiempo, se la había regalado un amigo de la compañía. La escena empezaba en un lago, donde una mujer de mediana edad se encontraba acostada debajo de un frondoso y verde árbol. Llena de calor, por la estación en la que se encontraban el presencio como dejaba su camisa caer por el viento. Cuando el sol se escondió detrás de las montañas grandes y oscuras. Llego el amante con su fuerte físico. El presencio su encuentro en la cabaña, llevados por la lujuria y lo que podría llamarse adicción emprendieron un encuentro romántico.

Los amantes planeaban algo, que corría por los chorriantes y largos diálogos. Sus respiros se acercaban al final de algo tan hermoso, tenían días planeando este encuentro. Sus corazones no esperaban con ansias Finalmente terminaremos con esto pensó el amante. Siguiendo las instrucciones al pie de la letra, como habían acordado, ella dejo la cabaña mientras corría por el camino de tierra. En sus manos, el amante cargaba el puñal, que escondió detrás de su chaqueta. Salió por la puerta trasera, recordando sus instrucciones, paso por el roble grande y cruzo a la izquierda. La puerta estaba abierta, tratando de no causar mucho ruido, entró rápidamente.
Como ella le había dicho, era una sala grande decorada al estilo Bizantino. Subió las escaleras, en la primera habitación no había nadie, tampoco en la segunda ni en la tercera. Mágicamente el amante se percato de que había una puerta mas. El amante con su puñal al descubierto se acerco y abrió la puerta lentamente.
Allí el estudio, la taza de café sobre la mesa, el sillón preferido de tela amarilla y el hombre sentado leyendo la novela.

lunes, 28 de marzo de 2011

La ley del retiro

Ahí habíamos acabado de nuevo, debajo del mismo techo, arropados en nuestros constantes secretos, secretos que nos arrastraban de nuevo a esas mismas sabanas. Sus palabras habían sido claras, eramos solo dos jóvenes atados por una razón: Amor. Un amor no correspondido, por eso no debía salir de esas sabanas, era nuestro secreto. Lo nuestro se había convertido en una adicción, me había vuelto adicta a sus besos, a sus caricias, a sus secretos, a sus mentiras, a su retiro. Mas de una vez habíamos acordado no vernos mas los rostros, dejarlo hasta ahí, dejar de tomar whisky y empezar a tomar decisiones, pero tanto como para el y para mi se nos hacia imposible. Me gustaba observarle en las mañanas cuando se sentaba junto a la ventana a escribir, escribía sobre nosotros, sobre nuestra adicción.
- He encontrado un nuevo trabajo como ayudante del viejo amigo de mi padre, es un fotógrafo de modas y estará fotografiando aquí en Barcelona.
- ¿ Podrás venir mas seguido?
- Todas las noches tal vez, si ellos no me ven huir de la casa.
- ¿Hasta cuando piensas ser mantenidos por ese par de viejos? Ven a vivir aquí conmigo, te necesito aquí.
- Es mas complicado, no pertenecemos juntos.
- ¡A la mierda con eso! ¿Como puedes decir que no pertenecemos juntos?
- Nuestros corazones fueron hechos para morir, no para latir por alguien mas.
- ¡Tu y tu maldita filosofía barata! ¿Piensas vivir así por el resto de tu vida?
- No pienso vivir así, por que no necesito de una vida insignificante para amarte.
- ¡¿QUE NECESITAS ENTONCES?!
- De tí. Muere conmigo y así mi corazón no necesitara latir por la vida, si no por ti.
- No te entiendo- dije confundida-.
- Pasa que me enamore de una fantasma que se alojo en mi corazón y hasta que no lo destruya, no podre corresponderle.
- Te amo.
-Y yo a ti.
El puñal que escondía detrás de sus grandes y suaves manos nos tendió una trampa a ambos, dirigiéndose a nuestros corazones que ya no necesitaban latir por la muerte, y así fue como le correspondí.

domingo, 27 de marzo de 2011

Su muerte.

El sonido de los carros se hacia cada vez mas atormentarte, mis pies estaban plantados en ese techo fuertemente y mis manos sostenían la botella que era la culpable de todo. Recordé mi infancia y lo corta e insuficiente que fue para mí, cada memoria se desvanecía como mi aliento contra el viento. Miraba la calle con mis ojos aguados y rojos, la gente seguía con sus vidas mientras que yo estaba ahí. Cualquiera que hubiese presenciado ese acto hubiese pensado que estaba loca, no se necesitaba pensar dos veces.
Tal vez un adjetivo calificativo no cambiaría la situación por la cual estaba pasando. Era de noche, lo sabia por que el sol ya no seguía ahí vigilandome. Había llegado su amante; la luna. Y las insignificantes estrellas seguían bailando para mí.
Solo una semana de vida es lo que queda para ti Penelope, lo siento mucho. Esas habían sido las palabras de el doctor Rodrigues. Su recepcionista había llamado a mis padres la mañana del Jueves, dijo que se trataba de un tema de urgencia. Ellos estaban preocupados por mí, se le notaba en sus ojos y yo lo sabia. Estaban decepcionados, había tratado de suicidarme unas semanas antes del cumpleaños de mi madre. Una docena de pastillas y Vodka, había puesto el CD que me había regalado Sabino de cumpleaños, las voces de She & Him sonaban en el fondo, pensaba en que me esperaba cuando muriera ¿Acaso me extrañarían?.
- Bienvenida Penelope, me alegra que hayan venido.-su oficina era tan repugnante que me producía nauseas, mis padres sentados en las sillas amarillas que el había acercado a ellos y yo prendí un cigarrillo y me senté junto a ellos-... Como saben, el intento de suicidio de Penelope resulto grave para su salud y su corazón se ha demostrado cada vez mas inestable, según los exámenes realizados solo hay una cosa que decirte.
- ¿Y que es?
- Tu corazón no puede soportar mas trabajo... Solo una semana de vida es lo que queda para ti Penelope, lo siento mucho.
Una semana, una semana, una semana, 7 días, 168 horas. Eso era todo lo que quedaba para mí. Respire el aire que corría por el techo, tire la botella y mientras saltaba aprendí que el mejor regalo que nos han otorgado es vivir.

viernes, 18 de marzo de 2011

A Oscuras.

Cuando el sol se esconde, me traen las olas de inspiración con si y se oscurece ese miedo que vive dentro de mí. Cuando estoy a oscuras, nada me importa estoy dándole la cara a a la vida, a mi misma, al momento. Todas las preocupaciones se van como el humo de un cigarrillo queriendo ser inhalado. Y consigo llegan los  pensamientos libres, que dan vueltas y saltan por mi cabeza y en sí dejan salir mas pensamientos que se convierten en una idea que luego me llena de inspiración.
En la oscuridad, puedo sentirlo todo a mi manera, puedo ser quien soy a oscuras, sin que nadie mas me observe, solo la luz de la luna y estas cuatro paredes que son los oídos de mis palabras.
Nada importa en el momento por que estoy segura, estoy confiada, me siento apasionada... Es real y no quiero que acabe. Me suelto, dejo mi pelo caer por los muros de confianza y danzo, me muevo con el ritmo de mis palabras, no hay nadie que me juzgue, soy libre. Soy yo y eso nadie me lo quita. A veces dejo que mis ojos hablen como pequeños riachuelos y así surgen las lagrimas de ellos. Pequeñas gotas de expresión que se resbalan por mi mejillas, pero son libres, al igual que mi alma.
Y la mente se deja llevar, y me hace llegar a los pensamientos de amor, de tristeza, de felicidad, de alegría, de melancolía, de poesía, de confianza y de oscuridad.
Entonces se que llego a su fin y es tiempo de irme lejos de allí y debo dormir ¿O debo despertar?
Fácil de leer y tan fácil de explicar, es como el mar veo su principio pero mis ojos no alcanzan el final.

sábado, 5 de marzo de 2011

¡Marián! I

En un rincón de aquella calle estrega en París, donde el ruido retinaba por cada pared, los susurros del viento entraban por sus timpanos, la música de sus automoviles, se sentía los sentimientos en el aire. Y ahí  se encontraba Marián, una joven de 21 años. Llevaba unas botas grises, unos viejos calcetines que su madre le había conseguido en el invierno de su cumpleaños, tenía una falda blanca, llevaba un suéter negro y de sus orejas guindaban unos aretes que relucían con sus ojos. Parpadeaba constantemente y veía las personas pasar por su alrededor. Marián era detallista, notaba esos pequeños detalles ¡Era un placer para ella!
Junto a Marián paso una señora de mediana edad, hablaba por teléfono mientras masticaba un chicle de sabor a mora. Luego paso un niño de 8 años, se veía preocupado, daba pasos cortos y su mirada bajaba lentamente hacia el piso donde sus zapatos rechinaban contra el gris asfalto de la calle.
Marián estaba llena de soledad, tenía meses sin ver a alguien. Sus días se resumían en ir al trabajo, donde era asistente de una diseñadora conocida en París, contestaba su llamadas, rechazaba ofertas, buscaba cafés y se sentaba en su pequeña oficina a observar los detalles ¡Los detalles!
Luego de salir de su agotador trabajo, Marián tomaba el metro de las 5:45, llegaba al lado Este a las 6:00. Su apartamento quedaba a 4 cuadras de la estación de tren. Ella conocía ese recorrido, pasaba por el edificio gris que quedaba enfrente de su heladería preferida. Marián iba todos los sábados a esa heladería, le gustaba sentarse en la silla que se encontraba cerca de la ventana. Ahí Marián disfrutaba de su helado de fresas, y observaba a los ciudadanos caminar, podría durar horas ahí sentada. Cada vez que pasaba alguien diferente por la calle, Marián inventaba una historia diferente para cada persona. Allí iba una señora gorda y Marián imaginaba que era una artista, cantaba ópera y le gustaba pasear a su perro en la madrugada. Y allí iba un Hombre alto, Marián imaginaba que era un Doctor, del corazón y le gustaba leer el periódico sentado en su jardín mientras escuchaba a su Loro hablarle al viento.
Así concluían los días de Marián, después de pasar su heladería llegaba a su Edifico, era pequeño y solo tenía 4 pisos. Marián vivía en el segundo. Su vecino era un Joven músico, Marián lo supuso porque siempre tocaba su guitarra. El apartamento de Marián era pequeño, estaba decorado por su madre. Su madre trabajaba en una Librería, sentía un gran aprecio hacia su gato Pecas, le gustaba ver la lluvia caer por las tejas y escuchar a su esposo abrir las envolturas de sus caramelos preferidos. Por otro tanto el Padre trabajaba en un Taller, arreglando carros, le tenía miedo a las arañas, le gustaba salir al mercado mientras hablaba con desconocidos, era un hombre feliz que disfrutaba de la compañía de su esposa.
Marián dormía en una habitación azul, estaba llena de pequeñas pinturas hechas por ella. Marián desde muy pequeña le encantaba pintar ¡Lo amaba!
Como le gustaba agarrar un pincel y moldear su imaginación en un lienzo, mojaba su pincel en el oleo y dejaba salir toda su imaginación. Sus cuadros estaban llenos de detalles ¡Pequeños detalles! Le gustaba pintar sobre escenas cotidianas de la humanidad. Su pintura preferida la había hecho hace 4 años, le recordaba a su hermana, que había fallecido el año pasado. 
Si había una característica sobre Marián, era su tímida personalidad.
Las noches de Marián eran silenciosas, se ponía su pijama y emprendía un viaje cada noche a una situación diferente, detrás de las paginas de sus libros. ¡Libros! Marián tenía millones de libros, era experta en comerlos. No tenía un libro ni autor preferido, para ella todos eran preferidos. Marián prefería las novelas románticas. Cada domingo Marián iba a la Biblioteca de su madre y buscaba un libro diferente.


Un día ordinario tal como hoy, algo iba a cambiar en la vida de Marián. Ella se paro temprano como siempre y tomo su café acompañado con unas tostadas. Uso un suéter morado, con un par de jeans claros, sus converses amarillos, aquella bufanda que había comprado en el mercado de Biarritz, su pelo ondulado naranja fue rodeado con un lazo blanco y un labial rojo acompaño sus grandes y rosados labios. 
Marián salió de su apartamento y cerro con llave. En el segundo piso de ese pequeño y amarillo edifico, en la avenida de Paris, dos jóvenes coincidieron, dos jóvenes que compartían las mismas paredes y los mimos caminos todos los días, sin saberlo.


- ¿Tu vives aquí?-preguntó aquel joven músico que nunca se había percatado de la presencia de Marián, era de pelo oscuro y no muy alto, llevaba un uniforme de trabajo pero aún así se veía extremadamente bien-.


- Sí, en este apartamento- Marián señalo con su largo dedo el apartamento donde habitaba.- y tu vives aquí también ¿cierto? -Marián había visto al joven músico mas de una vez por los pasillos de su pequeño edificio.-


- Sí, ya se quien eres, eres la artista ¿cierto?- ¿Artista? se preguntó Marián, ella no era nada mas que otra persona ordinaria que trabajaba de asistente para Lucié Cotillard, ¿Artista? era la primera vez que la llamaban por ese nombre-.


- No sé si soy artista, pero me la llevo bien con el arte -dijo Marián con una pequeña risita escapada por sus cuerdas vocales. Era la primera vez después de muchísimo tiempo que Marián hablaba con un extraño, con alguien-.


- Yo soy Alexander- dijo el joven músico mientras estiraba su mano para que Marián le devolviera la suya-... Yo me la llevo bien con mi guitarra, creo que eso me hace algo como músico ¿no?- otra pequeña risa salió de la pequeña y delicada boca de Alexander, el joven músico-.


- He escuchado ha tu guitarra cantar, debo decir que tiene una excelente voz- dijo Marián, agregando pequeñas simpatías a la conversación. Marián se encontró descubriendo a aquel joven músico-.


- Quisiera ver algunas de tus pinturas, de seguro deben ser muy simpáticas y deben tener excelentes miradas- dijo el joven músico pero ¡Era tarde para Marián debía volver a su trabajo!-.


- Esta noche, ven a mi apartamento a las 7:00, y te enseñare a mis simpáticas pinturas ¿Si?- era ella Marián invitando a el joven músico a su apartamento, era difícil de creer, veniendo de ella, que se llevaba a la perfección con su amiga Soledad, era ella quien la acompañaba las 24 horas al día-... Se me hace tarde, debo llegar a mi trabajo.


- Perfecto, estaré ahí ...